N.º 54  Abril / Junio 2026


Editorial



Termografía en dermatología

Francisco Javier del Boz González

10.5538/1887-5181.2026.54.3



Aunque el calor es un signo clave de las lesiones inflamatorias, en la actualidad, no es habitual el uso de la valoración de los cambios de temperatura en dermatología. Por otro lado, contamos con poca sensibilidad para estimar clínicamente pequeños cambios de temperatura corporal1. Desde hace unos años, disponemos de termógrafos para uso en consulta, que permiten obtener una gran sensibilidad en la valoración de la temperatura de diferentes superficies, de forma segura y no invasiva, con gran precisión, que han demostrado ser coste-efectivos, y existen cientos de estudios que muestran su utilidad en el diagnóstico, manejo y seguimiento de múltiples trastornos dermatológicos1.

La radiación infrarroja es un tipo de radiación no visible que emiten todos los objetos que no se encuentren en el cero absoluto. En el caso del ser humano, se halla en el intervalo de longitud de onda comprendido entre los 2 y los 20 µm. La termografía de infrarrojos (o, simplemente, termografía) es una técnica que, mediante el uso de una cámara infrarroja especializada (termógrafo), capta las radiaciones infrarrojas y traduce la señal de unidad de longitud de onda a temperatura, formando, así, los conocidos termogramas o «mapas de calor». De forma clásica, se ha utilizado para diferentes aplicaciones, como a nivel industrial o, incluso, militar. Existen en la actualidad termógrafos de muy pequeño tamaño, que se acoplan a teléfonos móviles, con precio muy económico, y que permiten su uso rápido en la consulta.

Es importante, asimismo, conocer las limitaciones de la técnica. Por un lado, hay que tener en cuenta que la desventaja de los dispositivos más básicos es su peor calibración de la temperatura, con menor exactitud en sus medidas (con mayor dificultad para detectar diferencias mínimas de temperatura), aunque igualmente pueden darnos mucha información. Además, como cualquier técnica, tiene una curva de aprendizaje, y es fundamental conocer los factores que pueden originar falsos positivos o falsos negativos. Se deben considerar los cambios en la temperatura que pueden estar relacionados con factores ambientales —como la temperatura en la sala de exploración, la humedad en este espacio…— o factores individuales, tales como si el paciente tiene fiebre, o si la lesión se localiza en un área anatómica de por sí hipertérmica que no permita valorar lesiones caracterizadas por un aumento de temperatura local.

Existen dos modalidades básicas de termografía: por un lado, la termografía pasiva, en la que, tras la aclimatación del paciente durante unos minutos (idealmente, 5-30 min) en la sala de exploración, se toman imágenes termográficas de la zona de piel afectada y de la zona adyacente (y contralateral si la lesión no está en la línea media) para comparar dichas temperaturas. Por otro lado, la termografía activa, en la que se realiza un enfriamiento previo de la piel (por ejemplo, con inmersión en agua fría) durante unos minutos, y luego se valora el recalentamiento de la zona tomando fotografías térmicas en varios momentos o, incluso, mediante un vídeo. Esta modalidad es más sensible para valorar cambios en la fase de recalentamiento de una zona1.

A continuación, iremos comentando algunas de las posibles aplicaciones de la termografía en las consultas de dermatología.

En la psoriasis, las lesiones, habitualmente, serán hipertérmicas (si hay mucha hiperqueratosis, serán hipotérmicas), y la termografía podría ayudar en la monitorización de la inflamación. Igualmente, se discute su utilidad en el cribado y la monitorización de la artritis psoriásica1.

En la morfea, el aumento de la temperatura se correlaciona con la actividad de la enfermedad, y parece especialmente útil en el caso de la esclerodermia lineal en la infancia, aunque hay que tener en cuenta como limitaciones que la atrofia grasa puede dar lugar a falsos positivos, y un edema cutáneo puede generar falsos negativos1.

Para la hidradenitis supurativa, las áreas de hipertermia (hotspots) marcarán inflamación activa (siendo especialmente útil en pieles oscuras), y las de hipotermia (coldspots) se corresponden con áreas supurantes, fístulas o túneles a nivel subcutáneo. Sus medidas se correlacionan con escalas de enfermedad, y puede ser útil para determinar márgenes quirúrgicos1.

Además, ayuda a mejorar la sensibilidad en la interpretación de pruebas de alergia (pruebas epicutáneas, prick-test, pruebas de provocación de alergias alimentarias…) y en el diagnóstico de urticaria a frigore1.

Respecto a las infecciones, la termografía ha demostrado su utilidad en la celulitis infecciosa y la fascitis necrosante, en el herpes zóster (y la neuropatía posherpética), en las onicomicosis, y en infecciones tropicales como la úlcera de Buruli1.

Una interesante aplicación está en el diagnóstico y manejo de las anomalías vasculares. Respecto al hemangioma infantil, este será hipertérmico, aunque su gradiente de temperatura irá bajando con tratamiento/involución. Entre las malformaciones vasculares, las malformaciones arteriovenosas (MAV) y venosas serán típicamente hipertérmicas (fig. 1). Las malformaciones capilares suelen ser isotérmicas, o pueden ser hipertérmicas. En cambio, las malformaciones linfáticas son típicamente hipotérmicas. En aquellas malformaciones vasculares de bajo flujo, se ha establecido que su gradiente de temperatura será menor de 0,25 °C, mientras que, en las de alto flujo (especialmente, en las MAV), será de, al menos, 0,4 °C1.


A nivel de oncología cutánea, puede ser útil en el diagnóstico diferencial entre carcinoma basocelular (hipotérmico) y queratosis actínica (hipertérmica), o entre nevo melanocítico (hipotérmico) y melanoma (hipertérmico). El carcinoma epidermoide y el sarcoma de Kaposi son hipertérmicos. Podría ayudar, igualmente, en el cribado de afectación ganglionar1.

En el caso de las úlceras por presión, un aumento de temperatura periulceroso se correlaciona con buena evolución de la cicatrización, mientras que, ante un aumento de temperatura en las úlceras vasculares o de pie diabético, debemos sospechar infección bacteriana asociada1.

Otras posibles aplicaciones estarían en el diagnóstico y manejo/seguimiento de la hiperhidrosis/hipohidrosis-anhidrosis, y el fenómeno de Raynaud, o en el seguimiento de trastornos como la rosácea, el acné o la alopecia frontal fibrosante1.

En definitiva, actualmente, contamos con suficiente información para poder recomendar el uso de la termografía en las consultas de dermatología como técnica complementaria a la evaluación clínica (y a otras pruebas complementarias como la dermatoscopia o la ecografía) para el diagnóstico, manejo y seguimiento de diferentes trastornos dermatológicos.

BIBLIOGRAFÍA
  1. Speeckaert R, Hoorens I, Lambert J, Speeckaert M, Van Geel N. Beyond visual inspection: the value of infrared thermography in skin diseases, a scoping review. J Eur Acad Dermatol Venereol. 2024;38(9):1723-37.